jueves, 26 de agosto de 2010

Retrospectiva de Sandra Eleta en el MAC

SERES

Lola Garrido

Sandra Eleta lleva muchos años retratando realidades. Las personas, incluso los personajes que pasan por el ojo sutil y avezado de su mirada se convierten en retratos temporales y atmosféricos. Son pura subjetividad, porque la objetividad en todo caso sólo pertenece al mundo de los objetos. Sandra es capaz de utilizar su mirada como caja de resonancia de sus sentimientos, sin recurrir a “trucos”, con una manera sencilla, pura, universal. Así consigue representar lo que le rodea de manera fiel pero subjetiva, situándose muy cerca de la utopía de la inmediatez cinematográfica. Es decir, que la fotógrafa no quiere resaltar su propia personalidad por encima de sus obras (cosa utópica en sí misma), sino que utiliza la cámara no para “enfatizar” lo real, sino para “extrapolar” de esa misma realidad su significado más profundo.

Cada imagen de Sandra esconde, en sí misma todo un mundo. La fotografía colecciona el mundo, recoge los secretos de los rostros, y sirve de memoria indeleble. La fotógrafa utiliza el ojo de la cámara, el más elemental de los recursos a su disposición, para representar una realidad que no necesita nada más que ser observada con atención. A la manera de Agnés Varda, espiga para recoger aquellos seres que observa con detenimiento. Retrata los márgenes de unas vidas difíciles, incluso trágicas en ocasiones, pero nunca miserables…sus fotos tienen un enorme poder simbólico y emocional, pudiendo arrastrar nuestra opinión sin que apenas nos demos cuenta de ello. Ahora bien, lo que pretende con su manera de representar la realidad, es concentrar la atención sobre la presencia humana, el papel que ésta desarrolla en un espacio concreto, la significación misma de cada imagen. Intenta aguantar la esencia de lo que retrata, su verdad “escondida”, invisible a toda mirada superficial, tan característica de nuestra acelerada sociedad occidental.

Su mirada se funde armoniosamente con la realidad representada, como si ésta fuera el marco de un cuadro ya existente para recrearla. Los retratados se comunican a través de su interrelación con las cosas, con los paisajes, creando una simbología muy fuerte, densa, pero al mismo tiempo sencilla. Sus personajes-personas, así como sus escenarios, nos hablan desde ese lenguaje universal que es el de los sentimientos. Sugiere con discreción en vez de imponer. Ahí radica la naturaleza de su arte; en encontrar la esencia de las cosas. Es fotografía de siempre, discreta, sabia, lenta en contraste con el rumor ensordecedor de nuestra vida cotidiana, que nos impide llegar a la esencia de las cosas, a la verdad de nuestros sentimientos. Son fotos, por otro lado, repletas de melancolía que pertenece a un estrato que no es ni el real, ni el imaginario, sino algo que está en medio y de ahí, esa melancolía. No es, efectivamente, un estado de desencanto sino, como ha sido siempre, de sabiduría: un estado de hiperconsciencia. ¿Y si la vida sólo fuera lo que está delante y vemos sólo a través de ojos que nos la muestran? ¿Acaso tenemos claro cuál es el argumento de la vida? Sus fotos terminan por erigirse como una fábula sobre el poder de la verdad, y son una intensa reflexión sobre la fragilidad de la belleza.



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